
Lo construyó con años de esfuerzo.
Piedra y fracasos,
pasiones, olvidos, razón.
Tan alto hasta rozar el cielo,
tan grueso como su esperanza de evasión.
Ella y el muro, el perfecto equilibrio.
Se estira hasta el cielo, acaricia el sol.
Debajo un nuevo camino,
no ve ni piedras ni espinas,
duda con la furia del recuerdo
teme con la pasión del dolor.
Ni el gesto mas amable la convence, ni la promesa del beso mas dulce.
Bella morada,
allí sobre el muro,
su cuerpo de mujer tambaleándose en el viento,
su genética dormida, como bella infante.
Bajar y volver a empezar,
o huír en el viento.
Nada en este mundo puede despertarla.
No cede su mundo, ni un solo pié.
Tararea meciéndose entre las nubes,
dulce sirena que entona con una voz solitaria.
El reflejo de la mujer que escapa,
corazón de niña,
pies de cristal.
Es quien es,
alma solitaria que sabe ser felíz adentro.
Puede bajar a sus brazos, o no responder y quedarse allí.
Y victoria hecha grito del muro:
la soledad es el canto del paraíso,
paraíso inerte de promesas hilvanadas en el aire,
paraíso aséptico de todo dolor.
Sobre el muro se sigue meciendo,
como jugando a ceder,
lo que sabe que no cederá.
La soledad es el canto del paraíso:
y sabe cantarlo maravillosamente bien.
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